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MIGUEL DELIBES: CINCO HORAS CON MARIO (1966)

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Destino Madrid

“Admiremos al hombre auténtico de veras,
que sabe organizar sus vidas y sus libros,
muy al tanto de todo, sin inclinarse a nada,
porque son tan ajenas
al manantial continuo de gran inspiración;
auténtico vivir cuajado en escritura
límpida, magistral, y así tan convincente,
un arte narrativo que recrea
campo y ciudad, sus luces y sus ideas,
profundos los paisajes minuciosos,
vegetaciones, hombres, animales,
en medio el cazador”  (Jorge Guillén)


     El pasado 12 de marzo de 2010 murió Miguel Delibes, uno de los máximos representantes de la literatura española de la postguerra, que supo llegar al público y a la crítica hasta nuestros días con la publicación de su última novela El hereje (1998) a la edad de 78 años. Hombre íntegro, ético y fiel (a su ciudad, Valladolid, a su mujer, Ángeles, y a su periódico, El Norte de Castilla), que dominaba nuestra lengua como nadie y cuya libertad de espíritu y de pensamiento (como defiende en El hereje) le valieron el asedio constante de la censura franquista.
     Su quehacer literario se mueve entre el periodismo y la literatura (novelas y diarios), siempre en combinación, aportando renovación a ambos géneros.
     Nació en Valladolid en 1920 y allí vivió siempre: “soy como un árbol que crece donde lo plantan” (dice uno de los personajes de La sombra del ciprés es alargada). Su abuelo paterno provenía de Francia, desde donde llevó para tender la vía férrea en Santander: se casó y se instaló en Valladolid, creando una negocio de carpintería metálica. Allí, en la misma casa donde vivió su abuelo, nació él, en el seno de una familia numerosa como luego será la suya propia (tuvo siete hijos).
     La Guerra Civil estalla cuando aún no ha cumplido los 16 años y a los 18 se enrola en la Marina como voluntario porque “casi con seguridad me iban a destinar a Infantería y me horrorizaba la idea del cuerpo a cuerpo…Yo lo veía como un mal menor”. En 1970, en una entrevista, explicó que en 1938 no tenía una motivación ideológica y que siempre ha presentado la guerra en si obra “como la típica guerra fratricida: el drama de Caín y Abel”.
     Tras el fin de la guerra, termina la carrera de Comercio y luego Derecho. Como también le gusta el dibujo, su padre le matricula en la Escuela de Artes y Oficios. Con 21 años prepara las oposiciones para ser catedrático de Derecho Mercantil de la Escuela de Comercio (como su padre): tarda seis años y lo consigue en 1945. Pero, a la vez, en 1941 había entrado a trabajar en El Norte de Castilla como caricaturista, cobrando 100 pesetas al mes y con entradas gratis para los espectáculos porque pronto empezó también a hacer las críticas de cine: sus dibujos ilustraban los partidos de fútbol (otra de sus pasiones), a actores y actrices, a los protagonistas de las noticias nacionales e internacionales y también realizaba las viñetas cómicas. Todo lo firmaba como MAX: M de Miguel, A de Ángeles (su novia y luego su mujer) y X de incertidumbre sobre el futuro de ambos.
     En 1944, y tras hacer un curso acelerado en la Escuela de Periodismo de Madrid, se convierte en redactor de su periódico. Cuando consigue la cátedra, alternará los dos trabajos en un pluriempleo muy de la época (ved a Mario).
     En 1946 se casa con Ángeles de Castro, su amor de toda la vida y su musa.
     Delibes nunca había escrito: “en la vida había escrito más que dos docenas de cartas. Entonces tuve que soltar la pluma para redactar los sucesos, las necrológicas… pero al propio tiempo, y aunque parezca complicado de entender, el estudio del libro de don Joaquín Garrigues Curso de Derecho Mercantil me puso en contacto con la literatura. Era éste un estilo precioso, brillante, que de repente, aun tratando de materias tan áridas, se iluminaba con una metáfora rutilante… de manera que, entre don Joaquín Garrigues, El Norte de Castilla y mi mujer, quien era muy aficionada a los libros, lograron que naciese mi afición a la literatura”. Comenzó con un cuento infantil, del que renegó después (“cursi y sin valor literario ninguno”). Pero ya en 1947 prepara una novela, La sombra del ciprés es alargada que conseguirá el Premio Nadal de 1948. Tras este éxito, escribe unas cuantas cosas pero se estanca hasta que realiza El camino (1950): “de manera que cuando, un buen día, escribo El camino, una novela que me había costado mucho menos esfuerzo, y descubro que era aplaudida por los críticos, yo me dije: pues El camino es mi camino, lo que tengo que hacer es escribir como hablo, con poco adorno y olvidándome por completo del diccionario de sinónimos”.
     De este modo comienza su actividad paralela en la educación, la  literatura y el periodismo. En este apartado, cabe destacar su aportación para el periódico donde siempre trabajó: le dio una dimensión regional al diario, formó una incipiente red de corresponsales internacionales, promocionó la incorporación de plumas que dieran identidad a la cabecera (Umbral, De los Ríos, Jiménez Lozano, Manu Leguineche), parceló el periódico en secciones, concibió una “sala de cultura” que acercara el diario a la ciudad, lanzó un suplemento de letras y otro de un tema fundamental para la economía de su región, la agricultura…
     En 1953 es nombrado subdirector y finalmente director en 1958, habiendo pasado antes por todos los escalafones y tareas periodísticas: redactor de segunda, hacía entrevistas, información internacional, comentarios deportivos, necrológicas, editoriales, críticas literarias…
     El Premio Nadal le ofrece la oportunidad de colaborar en otros medios: “Vida deportiva” de Barcelona o revistas como “Destino”, “Ateneo” o “Cuadernos hispanoamericanos”.
     Sus artículos encontraron la fuerte oposición de la censura franquista: constantes eran las intervenciones de ésta. Comenzó con la denuncia de la situación de Castilla, su abandono por parte del estado central. La Delegación de Prensa con Fraga a la cabeza le persiguen: “olvidarse” destacar el cumpleaños de Franco, hacer un reportaje sobre Diego Rivera, las campañas como “Castilla tiene sed”, las crónicas sobre Rusia y los países de su órbita… hasta que un enfrentamiento con ABC (era miembro del jurado de un premio que fallaron por unanimidad sin su voto) y una amonestación por un artículo de Jiménez Lozano publicado en su periódico hacen que sus trabajos sean revisados por la censura y cae en una profunda depresión, dimitiendo de su cargo en 1963, aunque recupera más tarde la dirección. Su máxima era “pisar la raya sin saltarla”, pero las peleas con los dueños del periódico, con Fraga y el franquismo le hacen abandonar y pasa a ser “asesor altamente cualificado en 1968. De los Ríos ha definido la carrera periodística de Delibes como “marcada por la confrontación con el poder, con el autoritarismo y contra las falsas apariencias de aperturismo”.
     Esta batalla también se dirimió desde sus novelas. A caballo entre las generaciones literarias de 1936 y de 1950, compartiendo aspecto pero sin inscribirse en ninguna, fiel a su espíritu de independencia.
     Sus novelas conjugan una serie de elementos que, de una forma u otra, se repiten:
      - Importancia de los personajes: según él, “crea tipos vivos, he aquí el principal deber del novelista”. Y, aunque la historia y el tono son también elementos decisivos, todos, en última instancia, deben plegarse a las exigencias del personaje. Esta importancia arranca de la concepción de Unamuno del desdoblamiento del autor en sus criaturas de ficción (de ahí que muchas de sus obras contengan elementos autobiográficos)
      -Amor a la Naturaleza: las obras se enmarcan en el medio rural o en poblaciones pequeñas, como la propia Valladolid. Hace una defensa incansable del medio natural, apelando por la vida al aire libre, defendiendo el equilibrio entre naturaleza y progreso. Unido a este tema se encuentra su pasión por la caza y el tema de reivindicación de Castilla: aparece en toda su obra, sus paisajes, sus gentes, su problemática y su espíritu.
      -La problemática social: siente una gran preocupación por la justicia social (Los santos inocentes), la tolerancia (El hereje) y la libertad (Parábola de un náufrago). Si se ha puesto del lado de alguien, siempre ha sido, lo mismo en la realidad que en la ficción, del lado de los perdedores. Sus obras representan una disección de la realidad social de la España de su época: la persistente memoria de la guerra, la estructura oligárquica de la vida campesina, la falta de libertad de pensamiento, la incomunicación entre las dos Españas (Cinco horas con Mario), el dogmatismo
     Son muchos sus reconocimientos literarios: Príncipe de Asturias (1982), Nacional de Narrativa en dos ocasiones (1955 por Diario de un cazador y en 1999 por El hereje), Premio Nacional de las Letras Españolas (1991), Premio Cervantes 1993)… Además de ser propuesto para el Premio Nobel , aunque nunca se lo dieron.
     En 1973 es elegido miembro de la Real Academia. Sólo unos meses antes había muerto su esposa, a la que ha calificado como su”equilibrio” y la “mejor mitad de sí mismo”. Esto le deja sumido en una profunda depresión, de la que comienza a salir tres años después con El disputado voto del señor Cayo.
     Su obra es ingente: veinte novelas, relatos, conferencias, artículos, libros de viaje, diarios, relatos para niños… Voy a destacar algunas de sus novelas:
     La sombra del ciprés es alargada (1948) Premio Nadal
     El camino (1950)
     Mi idolatrado hijo Sisí (1953)
     La hoja roja (1959)
     Las ratas (1962)
     Parábola del náufrago (1969)
     El príncipe destronado (1973)
     Las guerras de nuestros antepasados (1975)
     El disputado voto del señor Cayo (1978)
     Los santos inocentes (1981)
     Señora de rojo sobre fondo gris (1991)
     El hereje (1998)

Zaida

17/06/2010 09:26 exlibriscl ;?>

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